sábado, 11 de septiembre de 2010

EL DEAN GREGORIO FUNES EN LA JUNTA GRANDE

EL DEAN GREGORIO FUNES EN LA JUNTA GRANDE4
Rodolfo Acosta Castro
CÓRDOBA: LA HISTORIA AL LADO DE LA HISTORIA

La presencia de Córdoba en la Revolución del 25 de Mayo de 1810, tuvo en el Deán Gregorio Funes su más insigne representante, conformando una historia interesante que puede ir al lado de la historia oficial de tan magno acontecimiento.

La llamada Historia Oficial expone los episodios previos a la Semana de Mayo, de tres maneras diferentes, cada una de ellas dispareja a las otras dos, vale decir que parecen ser tres particulares acontecimientos, sin vínculo entre uno y otros. Al ser expuestos la pregunta que surge de inmediato es ¿por qué se los incluye, sin detallar la relación que puedan tener para aclarar un hecho y darle mejor interpretación? Al no existir respuesta lo que se entiende es confuso, para quienes gustan desentrañar correcta, amplia y profundamente lo sucedido. En otras palabras una situación de esta clase se nota rápidamente y se la grafica como una mesa coja, sin el suficiente sustento para tenerla por útil, lo que permite considerar al hecho verídico, con dificultad para ser reconocido como tal, por estar narrado sin las relaciones correspondientes dadas por las tres líneas de información surgidas en torno al mismo.

La primera senda seguida, y la más difundida, señala a los encuentros de algunos porteños como reuniones con la finalidad de promover una revolución, realizadas en la jabonería de los señores Hipólito Vieytes, Nicolás Rodríguez Peña y muchos, suponiéndose que éstos son los miembros de la Legión Infernal, dispuestos a derruir el régimen realista para organizar un gobierno propio de criollos o tan solo para ocasionar un dolor de cabeza a la autoridad virreinal, como represalia por algún desmán gubernamental o por el corriente abuso del peninsular al criollo y nativo de esta parte de América.

Existe otro surco de examen, que señala a toda la sociedad porteña como inquieta y previsora de un movimiento en el mismo sentido que la línea anterior, pero que se rotula como hecho generalizado que tiene lugar al final de toda reunión social siendo, por tanto, una actividad extendida, que espera el momento propicio para eclosionar. El testimonio del Doctor Manuel Aniceto Padilla es completamente revelador, descubierto casualmente muchos años después por un historiador que lo publicó con el título de “Los Papeles de Padilla”, cuyo contenido refiere el permanente tratamiento del problema que afectaba a los criollos, relacionado con el cansancio del criollo ante el maltrato godo, discutido con minuciosidad por toda la sociedad de Buenos Aires, pero principalmente por la clase alta, donde el testigo junto a Don Saturnino Rodríguez Peña, hermano de Nicolás, tomó conciencia para liberar la América Hispana, aunque sea dando posibilidad que Inglaterra actúe como mediadora. En los documentos que dejó relata que después de la primera invasión inglesa a Buenos Aires en 1806, prestó su colaboración al gobierno de William Carr Beresford. Después de la Reconquista se unió al bando vencedor y se hizo amigo de los hermanos Rodríguez Peña. A mediados de septiembre de ese año, el General Beresford y el Mayor Denis Pack se encontraban prisioneros en Luján. Con bien planificados ardides Saturnino y Manuel Aniceto, lograron rescatar a los prisioneros ingleses y conducirlos al Tigre y de allí a Maldonado, que estaba en manos inglesas. Este acontecimiento calificado de lesa patria, dio lugar a que sus protagonistas fueran incriminados por traidores, sufriendo los rigores de su mala acción junto con la repulsa de los rioplatenses; pero, no faltan quienes no los consideran traidores sino solamente patriotas que querían la cooperación inglesa para liberarse de los peninsulares. Es impensable que el gobierno propio, después de la supuesta felonía, hubiese encargado al Doctor Padilla funciones en su representación, frente a los ingleses.

Una tercera posición marca la presencia de los Doctores Mariano Moreno, Juan José Castelli, Juan José Paso, Bernardo Monteagudo, Vicente López y Planes, José Manuel García y muchos otros, aguardando circunstancias propicias para hacer realidad las preparaciones realizadas en la Universidad Real y Pontificia de San Francisco Xavier, en Chuquisaca, con el fin de imponer la “Preferencia de los Americanos en los Empleos Públicos Coloniales”, como un derecho de los ciudadanos nacidos en la América Hispana y que parecía estar desde la conquista indefinidamente postergado. El análisis de las causas, las justificaciones españolas, el derecho que les asistía y la jurisprudencia relativa al derecho de conquista, esgrimido por los peninsulares, en favor de los descendientes de los conquistadores, fue motivo de preocupación académica en Chuquisaca, la principal casa de estudios superiores de la América de habla hispana, cuyo corolario permitió que profesores y estudiantes elaboraran el llamado Silogismo de los Abogados de Chuquisaca, o Silogismo de los Abogados de Charcas o Silogismo Altoperuano, que dice: “¿Debe seguirse la suerte de España o resistir en América? Las Indias son un dominio personal del rey de España; el rey está impedido de reinar; luego las Indias deben gobernarse a sí mismas”, tiene como estrategia de aplicación las actitudes de la “cara” y de la “careta”, con la finalidad de difundir ante el mundo entero si las condiciones están dadas, o esconder verdaderos propósitos si no se cuenta con amplias probabilidades de éxito. El declarado silogismo, como argumento filosófico, jurídico, político y social, no era todo el manifiesto, toda la declaración, toda la proclama y la completa formulación de sus principios y alcances. Por el contrario, era sólo parte de toda una doctrina perfectamente examinada en sus mínimos orígenes y consecuencias, explicable ante cualquier tribunal europeo o universal, con la plena seguridad de estar respaldado por el derecho de los pueblos y la justicia elaborada por el ser humano, en todos los tiempos.

En el entendido de estar frente a una historia posible de ser deficientemente interpretada se rememora que posteriormente surgió el Revisionismo histórico en la Argentina como una corriente historiográfica orientada a reestablecer la visión de la historia, resistiendo la tradicional que prevaleció en el país desde mediados del siglo XIX. Particularmente se ha orientado a defender la figura de los caudillos federales, estimados inicialmente como símbolos de atraso político y cultural, presentados por Juan Manuel de Rosas, que había sido refutado como lo peor que le había podido pasar a la Argentina, a los conquistadores y colonizadores españoles, a los cuales el liberalismo del mismo siglo había condenado como suma de todos los males. Pese a la trascendencia del revisionismo, en este trabajo sólo se emite una opinión alejada de dicha corriente.

En este entendido, la presencia cordobesa en la Revolución del 25 de Mayo de 1810, de la mano y con el talento de uno de sus más insignes hijos: Don Gregorio Funes, podría parecer incompleta, no con falencias sino sólo con omisiones, pese a lo que no deja de ser sumamente aleccionadora.

Quienes accedan a este escrito, serán críticos y jueces de cuanto se narra y se comenta para poner, luego, en su conocimiento habilitado tendrá la posibilidad de emitir opinión y asumir compromiso para relacionar el Silogismo de los Abogados de Chuquisaca con las otras dos líneas de información, para nivelar la historia adecuadamente con la finalidad de ofrecer la historia completa y verídica de la Revolución del 25 de Mayo de 1810, con la claridad que da el convencimiento que todos los movimientos independistas, posteriores a las revoluciones producidas en Chuquisaca y La Paz, lo mismo que en Buenos Aires con sus objetivos ampliamente cumplidos, no recibieron enseñanza alguna de la revolución liberal española o de cualquier otra, engendrada hasta esa época.

En 1807, Gregorio Funes fue elegido Rector del Colegio de Monserrat y, un año después, de la Universidad. En este afán, fue un gran reformador al modificar y perfeccionar los planes de estudio y añadir varias nuevas asignaturas, hasta entonces no dictadas nunca en el país, como Matemáticas, para cuya implementación pagó de su propio bolsillo y mejoró el sistema disciplinario de ambas instituciones. En la Universidad, Funes se propuso implantar una enseñanza acentuadamente científica, incrementando los estudios matemáticos y de física experimental. En materia filosófica, en cambio, el Dean sostuvo que las doctrinas escolásticas eran lo suficientemente seguras y probadas como para abrir espacio a los nuevos filósofos, como Leibniz, Descartes y Locke.

La formación de la Primera Junta de Gobierno, el 25 de mayo de 1810, no significó sólo la sustitución de nombres y de personas, sino un cambio sustancial de régimen. Las revueltas en Chuquisaca y en La Paz contra la opresión de la monarquía, generaron la difusión de ideas antimonárquicas. La proclama elaborada en la Universidad Real y Pontificia de San Francisco Xavier, hecha pública el 16 de Julio de 1809 en La Paz, marcó el primer hito independista de la América Hispana, con ella se estaba buscando: “de una dependencia total, sin soberanía alguna, la independencia completa y la soberanía para el pueblo”, junto con ella se estableció el derecho al gobierno propio que en La Paz tuvo duración efímera, pero que en Buenos Aires se prologará hasta la eternidad. Quienes la elaboraron tenían a Bernardo Monteagudo y a su primo el párroco de Sicasica, Doctor José Antonio Medina, como partícipes, en las aulas de San Francisco Xavier.

Con las insurrecciones alto peruanas, el orden colonial estaba siendo rebasado, hasta llegar a Buenos Aires con mayor probabilidad de permanencia, pese a que el nuevo gobierno tenía dos grandes problemas para resolver: la independencia y la organización del nuevo Estado. Pese a no conocer exactamente lo sucedido en Buenos Aires, las autoridades elegidas al interior del ex Virreinato expusieron su apoyo y muchas estuvieron de acuerdo en recibir expediciones que no sólo darían cuenta de lo ocurrido, sino también garantizarían la elección de representantes que, en tiempo muy breve, formarían parte de una unión general de todo el Virreinato en Buenos Aires. La nueva Junta de Gobierno dispuso extender y legitimar su autoridad, lo mismo que preservar la unidad territorial de todo el ex Virreinato.

Fueron muchas las ciudades del interior que aprobaron y reconocieron al nuevo gobierno, sin embargo Asunción, Córdoba y Montevideo no estuvieron de acuerdo, pese a que el gobierno actuó como heredero de la administración virreinal, sin duda leal a Fernando VII, siguiendo la estrategia elaborada por estudiantes y profesores en la Universidad de Chuquisaca.

Pese a las decisiones cordobesas, pasada la Semana de Mayo y cuando se convocaron a diputados representantes de las provincias del interior para conformar un Congreso Constituyente, fue elegido el Deán de la Catedral de Córdoba Doctor Gregorio Funes para representar a la Intendencia en dicha instancia. Su talento y muestras de inteligencia superior, pronto le granjearon el respeto de los otros diputados y autoridades de la Junta, permitiéndole colaborar positivamente al afianzamiento de la autonomía y mostrar la participación de Córdoba en esos importantes momentos.

Mientras se daban los primeros pasos del naciente Estado, en la ciudad de Córdoba y especialmente en la campaña, la mayoría del vecindario estaba dedicado a sus labores habituales y no se había detenido para el desarrollo cotidiano de las costumbres y actividades propias del pueblo, que no toma decisiones hasta no estar completamente compenetrado sobre la conveniencia de declararse independiente.

Se tenía certeza que Buenos Aires en aquella época, igual que en 1806 y 1807, cuando los ingleses la invadieron, tomaría las medidas oportunas en nombre de todo el ex Virreinato y adoptaría la actitud más conveniente para toda la región, por lo que la gente del interior rioplatense no se inmutaba ante los acontecimientos.

Por eso, en la docta Córdoba se gozaba de tranquilidad sin sobresalto alguno y poco y nada podía decir el Obispo Orellana, que la mañana del 25 de Mayo había curioseado, antes de iniciar la misa diaria, para tener seguridad si era mayor o menor que en otras oportunidades la concurrencia de fervientes creyentes al Santo Sacrificio, igual que la mayoría de comerciantes respecto al número de sus clientes y cantidad de ventas.

En cambio, el Gobernador Intendente, Capitán de Navío Don Juan Gutiérrez de la Concha, había estado algo preocupado por el embarazo de su esposa, la porteña Doña Petrona Irigoyen y de la llegada de su segundo hijo, que recién se efectuaría a fines de julio de ese 1810, cuando el padre y otros personajes escaparon hacia el norte tras ser apresados por orden de la Junta de Gobierno de Buenos Aires.

El Gobernador Intendente anoticiado por las autoridades virreinales de lo ocurrido en el Alto Perú, había sentido justificada inquietud, porque precisamente el 25 de Mayo, Santiago de Liniers, que había llegado a la ciudad para residir en la gran Estancia de Alta Gracia, adquirida al Doctor Victorino Rodríguez.

Los funcionarios españoles se resistieron al desplazamiento de Cisneros. Surgió así el problema de la contrarrevolución. En Buenos Aires los principales núcleos de oposición fueron: la Audiencia, el Cabildo y el ex virrey. La Audiencia no reconoció a la Junta. Esta dispuso, en junio de 1810, la detención de Cisneros y de los miembros de la Audiencia y su embarque hacia España.

Sin embargo, cuando comenzaron a pasar los últimos días de aquel año de 1810, nadie vivía tranquilo en Córdoba, unos por las noticias inquietantes del Alto Perú, o desde la Península, o de las invasiones napoleónicas; y otros porque no querían sufrir un sinsabor político, perjudicial para la corona y permanencia de Su Majestad Don Fernando Séptimo en el trono de España e Indias. Pocos eran los vecinos que seguían con tranquilidad sus trabajos cotidianos, antes y después de conocerse la orden recibida por el Coronel Francisco Ortiz de Ocampo, secundado por el Teniente Coronel Antonio González Balcarce, a la cabeza del Ejército del Norte, con expreso mandato del Doctor Mariano Moreno para que quienes se opusieran a la revolución sean remitidos a Buenos Aires a medida que fueran capturados, pero el 28 de julio impartió la orden de sean arcabuceados Santiago Liniers, el Obispo Orellana, el Intendente de Córdoba Gutiérrez de la Concha, el Coronel de milicias Allende, el oficial real Moreno y Don Victoriano Rodríguez en el mismo momento en que sean pillados. El 31 de julio los indicados jefes realistas huyeron hacia el Alto Perú al disolverse su ejército. Liniers fue capturado el 6 de agosto en las sierras de Córdoba y al otro día los otros jefes, al ser remitidos a Buenos Aires contrariando la orden de ejecución, el 26 de agosto en Cabeza de Tigre fueron alcanzados por los nuevos conductores políticos del Ejército del Norte, Castelli ordenó el fusilamiento inmediato de Liniers junto a los otros detenidos con excepción del Obispo Rodrigo de Orellana, que fue enviado preso a Luján.

El 27 de mayo de 1810, dos días después de la Revolución de Mayo, la Primera Junta envió una circular a los cabildos del interior para que eligieran sus representantes en Buenos Aires, para sumarse al nuevo gobierno. En diciembre del mismo año, la mayoría de los delegados habían llegado y solicitaban su incorporación. El 18 de diciembre de 1810 se celebró la primera reunión que posteriormente daría lugar a la Junta Grande.

Gregorio Funes había viajado a Buenos Aires y permanecía allá desde 1809, cuando estalló la Revolución de 1810, sin pensar dos veces tomó decidida participación en apoyo de la causa revolucionaria. Designado diputado por Córdoba, integró la Junta de Gobierno, a la que presentó sus títulos el 22 de diciembre de 1810.

Los siete integrantes de la Primera Junta que se encontraban en Buenos Aires, porque Belgrano y Castelli estaban en comisión de la misma, el 18 de diciembre de 1810 celebraron una reunión con los nueve diputados de las provincias, llegados a la capital. En esa reunión conjunta de trece personas: Saavedra, Azcuénaga, Alberti, Matheu, Larrea, Manuel Ignacio Molina, Juan Francisco Tarragona, José Simón García de Cossio, Francisco Bruno de Gurruchaga, Manuel Felipe Molina, Gregorio Funes, Pérez de Echalar, José Antonio Olmos de Aguilera y Juan Ignacio Gorriti; votaron por la incorporación de los diputados a la Junta mientras que Paso y Moreno, se oponían a la misma. Al término de la votación, Moreno presentó su renuncia, pero no fue aceptada. A Mariano Moreno la Junta le encomendó funciones en Río de Janeiro e Inglaterra, partió a bordo de la goleta inglesa “Fame” y falleció en alta mar en la madrugada del 4 de marzo de 1811. Se especuló haber sido asesinado.

Parece que el Deán fue proponente, para lograr una mayoría dispuesta a contrariar al jacobino que veían en Moreno, como pauta dada por el hábil hombre para la intriga, aunque era blando complemento favorable al Coronel Saavedra, lleno de energía pero sin luces. Se resolvió que, reunidos los miembros de la Junta y los diputados, se procediese a votación. Como era natural que sucediese, ganaron los partidarios de la incorporación, pues eran nueve diputados del interior y siete los miembros de la Junta por ausencia de Belgrano y Castelli. Los nueve diputados y Saavedra, Larrea, Alberti, Matheu y Azcuénaga votaron a favor; Paso y Moreno en contra. La posición del Presidente de la Junta salió fortalecida, gracias a los enredos manejados por el Dean Funes.

Detrás de todo esto, se pudieron notar las tendencias opuestas de Saavedra y de Moreno que deseaba formar cuanto antes el congreso para cambiar el régimen; el coronel Saavedra al propiciar la Junta Grande trataba de dilatar una medida favorable a la definitiva separación de España, por las causas que no vale la pena recordar. Así, el Deán tuvo trascendencia adicional, con la participación de los diputados en la Junta Grande

Al día siguiente 19 de diciembre, todos prestaron juramento, quedando constituida la Junta Grande, que con varios cambios en su estructura, gobernó hasta el 22 de septiembre de 1811. Fue reemplazada por un golpe institucional a la cabeza del cual se encontraba el Cabildo de Buenos Aires. Éste llevó al gobierno al Primer Triunvirato, que volvería a las tendencias centralistas de la Primera Junta.

La Junta Grande desarrolló, principalmente, una política de espera y de cautela ante los sucesos de la contrarrevolución y de España. Uno de los principales problemas con los que debió contar la Junta Grande, fueron las tendencias internas en su seno, entre las cuales se destacaban la radical representada por el Doctor Mariano Moreno con apoyo de los otros dos abogados de Chuquisaca y el Doctor Manuel Belgrano y la otra conservadora que tenía a la cabeza al Coronel Cornelio Saavedra, las que llevaron a un accionar lento, porque desde ese momento las decisiones no eran sólo para el puerto de Buenos Aires y su gente, sino para todo el país allí representado.

Mediante el Decreto de Creación de las Juntas Provinciales, del 11 de febrero de 1811, la Junta Grande intentó dar participación a los pueblos del interior, para lo que establecía en cada capital de Intendencia una Junta Provincial con autoridad sobre toda la estructura gubernamental, integrada por el Gobernador Intendente designado por la Junta de Buenos Aires y cuatro vocales elegidos por los vecinos de cada ciudad. En todas las ciudades dependientes se formaban juntas subordinadas integradas por el gobernador delegado y dos vocales electivos.

Gregorio Funes, diputado por Córdoba, había propuesto el nuevo sistema, que fue bien recibido en las capitales de intendencia pero por demás resistido en las ciudades subordinadas, que no integraban las Juntas Provinciales.

El Deán Gregorio Funes, en su actuación como escritor y periodista, colaboró con el Telégrafo Mercantil, durante los primeros años del siglo XIX, al lado de personalidades de la talla de Tadeo Haencke, Mariano Moreno y Manuel Belgrano. Todos estos personajes, justamente, fueron los comisionados para elaborar los primeros alegatos y comunicados políticos, económicos, sociales e históricos del período patrio inicial.

Gregorio Funes tuvo actuación muy relevante para el futuro, el 18 diciembre de 1810 se produjo una verdadera revolución, con la presentación del primer amago de federalismo que, después, se acentuó con el decreto del 10 de febrero de 1811, sobre la creación de Juntas Provinciales, inspirada por Funes. El mismo diputado reconoció más tarde “que dando a los diputados una participación activa en el gobierno, insurrección fue desterrado de su seno el secreto de los negocios, la celeridad de la acción y el vigor de su temperamento”. Por supuesto, la incorporación de los representantes del interior atrasó la reunión del congreso general y el establecimiento de la forma definitiva de gobierno. Saavedra quedó como presidente, Paso e Hipólito Vieytes como secretarios. Con la desaparición, la Junta volvió a utilizar la “careta”, sin ánimo de presentar la “cara”.

Cuantas cosas se pueden contar del antes y después del 25 de Mayo de 1810 en Córdoba, son situaciones diferentes a las del resto del territorio virreinal. Se trató de hacer algo especial, al rememorar esos días y bien claro quedó de la buena fe, la intriga y la valentía para defender un juramento y la ingenuidad para oír, lo que soplaban en algún confesionario, los cordobeses forjaron una historia que los todos los argentinos deben repasar muy bien para no equivocarse y si eso ocurre, tener fortaleza de ánimo para detenerse y cambiar de camino, porque solo así será lo mejor para las instituciones, las familias y para los mismos ciudadanos.

El Cabildo continuó en la oposición, hasta que sus integrantes fueron reemplazados por partidarios de la revolución. En el interior, las autoridades de Córdoba, el 20 de junio, Potosí, Cochabamba, La Paz, Chuquisaca, Paraguay y Montevideo desconocieron el poder de la Junta Gubernativa. Se organizaron movimientos contrarrevolucionarios; el más peligroso, por su cercanía de Buenos Aires, fue el de Córdoba, que, dirigido por Liniers, estableció contacto con las autoridades alto peruanas, y reunió fuerzas para resistir.

La primera población en reconocer a la junta fue la de Luján el 2 de junio, le siguieron las de Maldonado, el 4 de junio y Colonia del Sacramento, el 5 de junio, pero estas dos poblaciones fueron ocupadas por los realistas de Montevideo. Luego Concepción del Uruguay el 8 de junio, Santo Domingo Soriano el 9 de junio, Santa Fe el 12 de junio, el Fortaleza de Santa Teresa y San Luís el 13 de junio y Corrientes el 16 de junio. Salta el 19 de junio en medio de una gran oposición, Gualeguay, Gualeguaychú y Catamarca el 22 de junio, Mendoza el 23 de junio, Tarija el 25 de junio. San Miguel de Tucumán decidió el 11 de junio esperar la decisión de Salta y luego lo hizo a favor el 26 de junio. Santiago del Estero el 29 de junio. El gobernador de Misiones el 8 de julio. El cabildo de San Juan la rechazó el 13 de julio y la reconoció el día 28. San José de Jáchal el 6 de agosto, San Agustín de Valle Fértil el 10 de agosto. Después de sofocada la reacción de Liniers lo hizo Córdoba el 8 de agosto y Río Cuarto el 13 de agosto, mientras que La Rioja evitó pronunciarse a favor hasta el 1 de septiembre. San Salvador de Jujuy el 4 de septiembre. Cochabamba el 23 de septiembre, Santa Cruz de la Sierra el 24 de septiembre, Chuquisaca el 13 de noviembre, La Paz el 16 de noviembre y Oruro el 4 de diciembre de 1810.

La Junta trató de disuadir a los complotados; al no lograrlo, recurrió a la acción armada y a los castigos ejemplares. La medida más controvertida fue el fusilamiento de los contrarrevolucionarios de Córdoba, ejecutado durante la Primera Campaña al Alto Perú. Fue aprobado por la totalidad de los miembros de la Junta, con excepción del sacerdote Manuel Alberti.

Quien estuvo muy bien advertido, era el Deán de la Catedral de Córdoba Gregorio Funes a cuya casa fue a parar Larín, en aquella madrugada tormentosa y en aquel instante, el Deán vislumbró cual sería su destino. Llegó a pensar ser el Gobernador de la Provincia, bajo un nuevo régimen, sin embargo no se le cumplió la aspiración, fue nombrado Juan Martín de Pueyrredón y, poco tiempo después tendría posibilidad de mostrar sus habilidades políticas, cuando los diputados elegidos para representar a ciudades y regiones del interior, se reunieron el 18 de diciembre, con la finalidad de tratar su incorporación a la Junta y dar cumplimiento a la circular del 27 de mayo. El representante por Córdoba sostuvo que “la capital no tenía derecho a gobernar por sí sola a las provincias” y que los diputados no podían renunciar a formar parte de la Junta, misión que les habían confiado sus comprovincianos. Mariano Moreno, por su parte, alegó que la Junta había sido reconocida en el interior y que los diputados debían decidir la forma de gobierno, reunidos en Congreso, a la vez que consideraba el contenido de la equivocada circular del 27 era obra de la inexperiencia.

La Junta, entre sus primeras medidas aprobó la movilización contra los funcionarios españoles que no reconocían al nuevo gobierno, extendiéndose la orden al Alto Perú, el Paraguay y la Banda Oriental.

Siempre en cumplimiento de las órdenes de la Junta, Las fuerzas revolucionarias enviadas por la Primera Junta al Alto Perú, obtuvieron la primera victoria de las armas patriotas en la batalla de Suipacha, el 7 de noviembre de 1810, liberaron Potosí y expandieron la revolución en la región. Pero, el triunfo no pudo protegerse debido a que Juan José Castelli no pudo mantener su autoridad, frente a las numerosas deserciones, aplicando su actitud jacobina. El pueblo desertó de las milicias patriotas por temor a ser excomulgado; el ejército español recibió refuerzos del Perú y obtuvo la victoria en la batalla de Huaqui, el 20 de junio de 1811. Los revolucionarios debieron retirarse desordenadamente hasta Jujuy y los realistas triunfadores recuperaron la región.

La expedición dirigida por Manuel Belgrano debía lograr el reconocimiento del gobierno de Buenos Aires en el Paraguay, con orden de Mariano Moreno de fusilar automáticamente al gobernador de esa provincia. El 9 de enero de 1811 las fuerzas porteñas fueron derrotadas en Paraguarí y el 9 de marzo de 1811, en la Batalla de Tacuarí. El 14 de mayo de 1811, no obstante, estalló en Asunción una revolución liderada por liberales que destituyó al gobernador Bernardo de Velazco y estableció una Junta local. Lamentablemente, desacuerdos con el gobierno centralista de Buenos Aires, determinaron una política aislacionista, por lo que el Paraguay se mantuvo al margen de la guerra por la independencia.

En la Banda Oriental, estalló una insurrección de la población rural contra las autoridades españolas de Montevideo, con Francisco Javier de Elío como virrey y que no era reconocido como tal fuera de la ciudad. El movimiento cobró tal fuerza bajo la jefatura del hacendado José Gervasio de Artigas, que convirtió a este patriota en uno de los reconocidos héroes rioplatenses.

La Junta de Gobierno de Buenos Aires decidió enviar fuerzas que, junto con los orientales, vencieron a las tropas de Elío en Las Piedras y pusieron sitio a Montevideo en junio de 1811. Sin embargo, la ciudad, perfectamente amurallada, resistió. Desde ese momento y por largo tiempo, la flota española dominó el Río de la Plata y bloqueó el puerto de Buenos Aires.

Un acontecimiento inesperado ensombreció el desenvolvimiento de la Junta de Gobierno, con la Revolución del 5 y 6 de abril de 1811, que ante la aparente debilidad de la Junta, se adjudicó al grupo morenista preparar un levantamiento, pero se adelantaron los cuerpos leales a Saavedra. Buen número de hombres del conurbano porteño ocuparon la Plaza de Mayo con apoyo de las tropas, en la noche del 5 al 6 de abril. Presentaron ante el Cabildo una serie de peticiones, que sin trámite alguno fueron aceptadas por la Junta y los jefes militares. A raíz del motín resultaron reemplazados cuatro miembros morenistas de la Junta: Larrea, Azcuénaga, Vieytes y Rodríguez Peña. Joaquín Campana fue nombrado Secretario de Gobierno, asumió el liderazgo de la Junta, compartido con Saavedra y el Deán Funes. Se creó el Tribunal de Seguridad Pública, para juzgar a quienes atentasen contra el gobierno.

Un curioso resultado de estas expulsiones fue la rebelión del Cabildo de San Luis, donde había sido internado un gripo de los expulsados. Estos no tuvieron inconveniente en convencer al cabildo, para retirar la representación del diputado Marcelino Poblet, con el propósito de debilitar a la Junta. Pero la Junta ratificó a Poblet, para que siguiera en su cargo; así, se protegía de sus adversarios, pero también se perdía el apoyo de los cabildos del interior. Esto resultó determinante más tarde, cuando éstos no defendieron a la Junta frente a la presión porteña que causaría su caída, por no sentirse enteramente representados por ella.

A esta época le siguió una crisis y transformación del Gobierno. A mediados de 1811 la situación militar se tornó desfavorable, con la derrota de las fuerzas revolucionarias en Huaqui, se dejó el Alto Perú en manos enemigas y en consecuencia se interrumpió el comercio con Potosí. Aceptando su pedido, la Junta autorizó a Saavedra a marchar hacia el Norte, para reconstituir el ejército y apaciguar la posible invasión española. Así, el gobierno quedó sin su principal autoridad.

En la Banda Oriental, el ejército revolucionario había sitiado Montevideo. El designado virrey del Río de la Plata, el español realista Elío, contaba con la flota de Montevideo, que le permitía dominar los ríos y bloqueaba el puerto de Buenos Aires. La Junta abrió negociaciones con Elío, pero terminó por rechazar los términos que impuso el realista. Esta situación benefició al cabildo de la capital, intimando a la Junta Grande negociar su poder con el virrey no aceptado. Utilizó como excusa el bloqueo, acusó a la Junta de Gobierno de ineptitud por no haber llegado a ningún acuerdo con el peninsular. Presionando por la prensa y por manifestaciones en plena vía pública, algunas de ellas apuntaladas por oficiales distanciados con Saavedra, obtuvo que se llamara a una asamblea de "apoderados del pueblo".

Cuando el Secretario Campana quiso defender la autoridad del gobierno, fue acusado de humillar a los representantes del cabildo, que reclamó su renuncia. La Junta, presidida por Domingo Matheu, sin ningún miramiento, relevó a Campana y lo desterró de la ciudad.

Al ser convocadas las elecciones de los apoderados del pueblo, el cabildo hizo elegir también dos diputados por Buenos Aires al Congreso de las Provincias, una idea que parecía haberse dejado de lado, pero que el ayuntamiento recuperó como presión contra la Junta. Fueron electos Feliciano Chiclana y Juan José Paso como diputados, y doce “apoderados” de éstos, quien más votos había obtenido fue Manuel de Sarratea.

En una reunión con la Junta, del 22 de septiembre de 1811, el cabildo logró que la Junta ordenara la creación de un nuevo gobierno, que sería conocido como Primer Triunvirato, formado por Chiclana, Sarratea y Paso. Los hombres de Buenos Aires creían necesaria la concentración del poder para proceder con energía y celeridad.

La Junta continuó existiendo, transformada en Junta de Conservación de los Derechos de Fernando Séptimo, con la misión teórica de ejercer como poder legislativo. Las relaciones entre ésta y el Triunvirato no estaban bien definidas: cuando la Junta sancionó un reglamento constitucional, el gobierno lo sometió a la decisión del Cabildo de Buenos Aires, dejando en claro que éste era superior a la Junta, y alentando al cabildo rechazarlo. Como la Junta se quejó del procedimiento, simplemente la disolvió oficialmente, en noviembre de ese mismo año.

Unas semanas más tarde, los diputados del interior fueron expulsados de la ciudad, acusados de haber fomentado el "Motín de las trenzas", a fines del año 1811. El origen del motín estuvo en que los soldados y suboficiales del Regimiento de Patricios se negaron a obedecer órdenes del gobierno, ejercido por el Primer Triunvirato, entre las cuales figuraba el corte de las coletas de las tropas y era signo de distinción y autonomía de los miembros de ese regimiento. El motín fue interpretado de diferentes formas por distintos autores, que le adjudicaron causas mayormente políticas, por lo que dista mucho de haber sido confirmado.

Datos relevantes sobre el Dean Gregorio Funes

El Deán Gregorio Funes, nació en el seno de una familia acaudalada de la ciudad de Córdoba, estudió en el Colegio de Monserrat de su ciudad natal. Se ordenó sacerdote en 1733 y fue director del seminario de su obispado. El mismo año de su ordenación se produjo un conflicto entre el cabildo de la Catedral y el rector de la Universidad Nacional de Córdoba (apoyado por el obispo), causado por el reparto de los bienes que habían dejado los jesuitas al ser expulsados. Como Funes acaudillaba al grupo opositor del obispo, éste lo nombró cura de la parroquia de la Punilla, pago que en esa época era la zona rural más importante de toda la provincia, con la intención de evitar la participación de Funes en el conflicto.

Sin permiso de su obispo se trasladó a España, donde se doctoró en derecho canónico en la Universidad de Alcalá de Henares en 1779. Durante su estadía en España tomó contacto con las ideas de la Ilustración, que entonces eran la norma rectora de las reformas que quería llevar a cabo el rey Carlos III de España. Retornó a Córdoba acompañando al nuevo obispo de Salta José Antonio de San Alberto, y fue nombrado canónigo de la Catedral. En 1793 fue nombrado provisor del obispado, y en 1804 fue ascendido a Deán de la Catedral; el mismo año murió el Obispo y ocupó la gobernación del obispado hasta la llegada de su reemplazante, Rodrigo de Orellana.

Deán es el canónigo que presidió el cabildo de la catedral. En la antigua Universidad española de Alcalá, fue el graduado más antiguo de cada facultad. La Ilustración, a la que se acogió serenamente, fue un movimiento cultural europeo que se desarrolló especialmente en Francia e Inglaterra, desde principios del siglo XVIII hasta el inicio de la Revolución francesa, aunque en algunos países se prolongó durante los primeros años del siglo XIX. Fue denominado así por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces de la razón. El siglo XVIII es conocido, por este motivo, como el Siglo de las Luces. Los pensadores de la Ilustración sostenían que la razón humana podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía, y construir un mundo mejor. La Ilustración tuvo una gran influencia en aspectos económicos, políticos y sociales de la época. La expresión estética de este movimiento intelectual se denominará Neoclasicismo.

Desde 1807 fue rector de la Universidad y del Colegio de Monserrat. Redactó un plan de reforma de la Universidad, que incluía materias nuevas, como las matemáticas, la física experimental, el idioma francés, la música y la trigonometría. Era partidario de la enseñanza gratuita y donó diez mil pesos para fundar una cátedra de geometría, aritmética y álgebra.

Pero en filosofía se negó a estudiar las escuelas nuevas, como las de René Descartes, John Locke y Leibniz, ya que consideraba que la escolástica era lo suficientemente segura y probada. Tuvo serios problemas por sus ideas democráticas con las autoridades locales, principalmente con el gobernador Rafael de Sobremonte.

En 1809, de viaje por Buenos Aires, se enteró por intermedio de Manuel Belgrano y Juan José Castelli de los planes de los grupos revolucionarios. Se adhirió al carlotismo, ese movimiento orientado a la independencia por medio de la coronación de la hermana del rey cautivo, Fernando VII, Doña Carlota Joaquina de Borbón, esposa de

Antes incluso que el gobernador Juan Gutiérrez de la Concha, fue el primer cordobés en enterarse del estallido de la Revolución de Mayo y se adhirió de inmediato al partido revolucionario. Un grupo de notables lo invitó a participar en una reunión, donde se trató el rechazo del reconocimiento a la autoridad de la Junta. Funes fue el único que se opuso a los planes de los enemigos de la Revolución. Denunció a la Primera Junta que el gobernador Concha, apoyado por el ex virrey Santiago de Liniers, habían jurado al Consejo de Regencia, desconociendo su autoridad.

Cuando la expedición del Ejército del Norte hizo huir al gobernador Concha y sus aliados, Funes logró reunir el Cabildo y hacer que reconociera la autoridad de la Primera Junta. Capturados los contrarrevolucionarios, convenció al general Francisco Ortiz de Ocampo de no fusilarlos. Ocampo los envió a Buenos Aires, pero los prisioneros fueron fusilados.

Poco después fue elegido diputado por su ciudad, en la Junta de Gobierno. Fue el dirigente del grupo de diputados del interior que presionó para ser incorporados a la Junta de inmediato, lo que se logró en diciembre de 1810. Apoyó la política conservadora del presidente de la misma, el Coronel Cornelio Saavedra, en su política contraria al grupo dirigido por el Doctor Mariano Moreno. Una vez incorporado a la Junta, fue objeto de numerosas consultas de la mayor importancia y fue el redactor de la mayor parte de las proclamas, cartas y manifiestos.

Después de la revolución de abril de 1811, dirigió la Gazeta de Buenos Aires, el periódico oficial del gobierno. Fue, además, un decidido defensor de la libertad de imprenta. Apoyó la teoría de que el patronato debía revertir a la Junta, y lo consideraba una de las más importantes fuentes de autoridad que la Revolución podía administrar. Quería lograr la Independencia formal y real, cuanto antes. Fue también autor de la redacción de la exhortación al pueblo a la resistencia luego de la derrota en la batalla de Huaqui.

Después de ese descalabro militar, Saavedra fue autorizado por la Junta para ir al Norte a reorganizar el Ejército del Norte y frenar la posible invasión española, dejando al gobierno sin su principal autoridad. El espíritu revolucionario de Funes sufrió una crisis y fue uno de los firmantes del armisticio con el gobierno realista de Montevideo, que reconocía a los realistas el dominio de toda la Banda Oriental. Incluso aconsejó a su hermano Ambrosio Funes y sus amigos en Córdoba ser moderados en sus expresiones de adhesión a la Revolución.

Siendo miembro de la Junta Grande, fue muy notoria que la iniciativa en la capital pase al cabildo de la ciudad, con la decisión de desplazar al ausente Saavedra. Los nuevos diputados orientados por Deán Funes actuaron en alianza con Saavedra. Habiendo mayoría de saavedristas en esta nueva junta comenzaron una serie de conflictos contra los morenistas, que ahora estaban organizados bajo el nombre Club Marco. Los más prominentes miembros de esta Junta, exigieron la expatriación de los integrantes de ese Club. A fines de año, llegaron los diputados de los pueblos del interior, convocados por la circular del 27 de mayo. Pero existía un conflicto entre las posibles interpretaciones de esa circular, y no había acuerdo sobre a qué cuerpo debían incorporarse: la tesis defendida por Moreno era que debían reunirse en Congreso. Los diputados, acaudillados por Gregorio Funes, observaron que eso hubiera sido lo correcto en un principio; pero que, a esa altura de los acontecimientos, una Junta puramente porteña gobernaba sobre todo el país. Moreno contestó que un ejecutivo colegiado tan grande sería inoperante.

Según cuenta José A. Wilde, testigo presencial de los hechos, la tarde del 1º de enero de 1829, mientras el deán visitaba la casa quinta de don Santiago Spencer Wilde, luego de un breve paseo por el parque, conversando con su anfitrión frente al proscenio del pequeño teatro del antiguo Parque Argentino o Vauxhall que funcionara en el lugar, el deán cayó repentinamente muerto.

CÓRDOBA EN EL 25 DE MAYO DE 1810

CÓRDOBA EN EL 25 DE MAYO DE 1810

LA HISTORIA AL LADO DE LA HISTORIA

La presencia de Córdoba en la Revolución del 25 de Mayo de 1810, tuvo en el Deán Gregorio Funes su más insigne representante, conformando una historia interesante que puede ir al lado de la historia oficial de tan magno acontecimiento.

La llamada Historia Oficial expone los episodios previos a la Semana de Mayo, de tres maneras diferentes, cada una de ellas dispareja a las otras dos, vale decir que parecen ser tres particulares acontecimientos, sin vínculo entre uno y otros. Al ser expuestos la pregunta que surge de inmediato es ¿por qué se los incluye, sin detallar la relación que puedan tener para aclarar un hecho y darle mejor interpretación? Al no existir respuesta lo que se entiende es confuso, para quienes gustan desentrañar correcta, amplia y profundamente lo sucedido. En otras palabras una situación de esta clase se nota rápidamente y se la grafica como una mesa coja, sin el suficiente sustento para tenerla por útil, lo que permite considerar al hecho verídico, con dificultad para ser reconocido como tal, por estar narrado sin las relaciones correspondientes dadas por las tres líneas de información surgidas en torno al mismo.

La primera senda seguida, y la más difundida, señala a los encuentros de algunos porteños como reuniones con la finalidad de promover una revolución, realizadas en la jabonería de los señores Hipólito Vieytes, Nicolás Rodríguez Peña y muchos, suponiéndose que éstos son los miembros de la Legión Infernal, dispuestos a derruir el régimen realista para organizar un gobierno propio de criollos o tan solo para ocasionar un dolor de cabeza a la autoridad virreinal, como represalia por algún desmán gubernamental o por el corriente abuso del peninsular al criollo y nativo de esta parte de América.

Existe otro surco de examen, que señala a toda la sociedad porteña como inquieta y previsora de un movimiento en el mismo sentido que la línea anterior, pero que se rotula como hecho generalizado que tiene lugar al final de toda reunión social siendo, por tanto, una actividad extendida, que espera el momento propicio para eclosionar. El testimonio del Doctor Manuel Aniceto Padilla es completamente revelador, descubierto casualmente muchos años después por un historiador que lo publicó con el título de “Los Papeles de Padilla”, cuyo contenido refiere el permanente tratamiento del problema que afectaba a los criollos, relacionado con el cansancio del criollo ante el maltrato godo, discutido con minuciosidad por toda la sociedad de Buenos Aires, pero principalmente por la clase alta, donde el testigo junto a Don Saturnino Rodríguez Peña, hermano de Nicolás, tomó conciencia para liberar la América Hispana, aunque sea dando posibilidad que Inglaterra actúe como mediadora. En los documentos que dejó relata que después de la primera invasión inglesa a Buenos Aires en 1806, prestó su colaboración al gobierno de William Carr Beresford. Después de la Reconquista se unió al bando vencedor y se hizo amigo de los hermanos Rodríguez Peña. A mediados de septiembre de ese año, el General Beresford y el Mayor Denis Pack se encontraban prisioneros en Luján. Con bien planificados ardides Saturnino y Manuel Aniceto, lograron rescatar a los prisioneros ingleses y conducirlos al Tigre y de allí a Maldonado, que estaba en manos inglesas. Este acontecimiento calificado de lesa patria, dio lugar a que sus protagonistas fueran incriminados por traidores, sufriendo los rigores de su mala acción junto con la repulsa de los rioplatenses; pero, no faltan quienes no los consideran traidores sino solamente patriotas que querían la cooperación inglesa para liberarse de los peninsulares. Es impensable que el gobierno propio, después de la supuesta felonía, hubiese encargado al Doctor Padilla funciones en su representación, frente a los ingleses.

Una tercera posición marca la presencia de los Doctores Mariano Moreno, Juan José Castelli, Juan José Paso, Bernardo Monteagudo, Vicente López y Planes, José Manuel García y muchos otros, aguardando circunstancias propicias para hacer realidad las preparaciones realizadas en la Universidad Real y Pontificia de San Francisco Xavier, en Chuquisaca, con el fin de imponer la “Preferencia de los Americanos en los Empleos Públicos Coloniales”, como un derecho de los ciudadanos nacidos en la América Hispana y que parecía estar desde la conquista indefinidamente postergado. El análisis de las causas, las justificaciones españolas, el derecho que les asistía y la jurisprudencia relativa al derecho de conquista, esgrimido por los peninsulares, en favor de los descendientes de los conquistadores, fue motivo de preocupación académica en Chuquisaca, la principal casa de estudios superiores de la América de habla hispana, cuyo corolario permitió que profesores y estudiantes elaboraran el llamado Silogismo de los Abogados de Chuquisaca, o Silogismo de los Abogados de Charcas o Silogismo Altoperuano, que dice: “¿Debe seguirse la suerte de España o resistir en América? Las Indias son un dominio personal del rey de España; el rey está impedido de reinar; luego las Indias deben gobernarse a sí mismas”, tiene como estrategia de aplicación las actitudes de la “cara” y de la “careta”, con la finalidad de difundir ante el mundo entero si las condiciones están dadas, o esconder verdaderos propósitos si no se cuenta con amplias probabilidades de éxito. El declarado silogismo, como argumento filosófico, jurídico, político y social, no era todo el manifiesto, toda la declaración, toda la proclama y la completa formulación de sus principios y alcances. Por el contrario, era sólo parte de toda una doctrina perfectamente examinada en sus mínimos orígenes y consecuencias, explicable ante cualquier tribunal europeo o universal, con la plena seguridad de estar respaldado por el derecho de los pueblos y la justicia elaborada por el ser humano, en todos los tiempos.

En el entendido de estar frente a una historia posible de ser deficientemente interpretada se rememora que posteriormente surgió el Revisionismo histórico en la Argentina como una corriente historiográfica orientada a reestablecer la visión de la historia, resistiendo la tradicional que prevaleció en el país desde mediados del siglo XIX. Particularmente se ha orientado a defender la figura de los caudillos federales, estimados inicialmente como símbolos de atraso político y cultural, presentados por Juan Manuel de Rosas, que había sido refutado como lo peor que le había podido pasar a la Argentina, a los conquistadores y colonizadores españoles, a los cuales el liberalismo del mismo siglo había condenado como suma de todos los males. Pese a la trascendencia del revisionismo, en este trabajo sólo se emite una opinión alejada de dicha corriente.

En este entendido, la presencia cordobesa en la Revolución del 25 de Mayo de 1810, de la mano y con el talento de uno de sus más insignes hijos: Don Gregorio Funes, podría parecer incompleta, no con falencias sino sólo con omisiones, pese a lo que no deja de ser sumamente aleccionadora.

Quienes accedan a este escrito, serán críticos y jueces de cuanto se narra y se comenta para poner, luego, en su conocimiento habilitado tendrá la posibilidad de emitir opinión y asumir compromiso para relacionar el Silogismo de los Abogados de Chuquisaca con las otras dos líneas de información, para nivelar la historia adecuadamente con la finalidad de ofrecer la historia completa y verídica de la Revolución del 25 de Mayo de 1810, con la claridad que da el convencimiento que todos los movimientos independistas, posteriores a las revoluciones producidas en Chuquisaca y La Paz, lo mismo que en Buenos Aires con sus objetivos ampliamente cumplidos, no recibieron enseñanza alguna de la revolución liberal española o de cualquier otra, engendrada hasta esa época.

En 1807, Gregorio Funes fue elegido Rector del Colegio de Monserrat y, un año después, de la Universidad. En este afán, fue un gran reformador al modificar y perfeccionar los planes de estudio y añadir varias nuevas asignaturas, hasta entonces no dictadas nunca en el país, como Matemáticas, para cuya implementación pagó de su propio bolsillo y mejoró el sistema disciplinario de ambas instituciones. En la Universidad, Funes se propuso implantar una enseñanza acentuadamente científica, incrementando los estudios matemáticos y de física experimental. En materia filosófica, en cambio, el Dean sostuvo que las doctrinas escolásticas eran lo suficientemente seguras y probadas como para abrir espacio a los nuevos filósofos, como Leibniz, Descartes y Locke.

La formación de la Primera Junta de Gobierno, el 25 de mayo de 1810, no significó sólo la sustitución de nombres y de personas, sino un cambio sustancial de régimen. Las revueltas en Chuquisaca y en La Paz contra la opresión de la monarquía, generaron la difusión de ideas antimonárquicas. La proclama elaborada en la Universidad Real y Pontificia de San Francisco Xavier, hecha pública el 16 de Julio de 1809 en La Paz, marcó el primer hito independista de la América Hispana, con ella se estaba buscando: “de una dependencia total, sin soberanía alguna, la independencia completa y la soberanía para el pueblo”, junto con ella se estableció el derecho al gobierno propio que en La Paz tuvo duración efímera, pero que en Buenos Aires se prologará hasta la eternidad. Quienes la elaboraron tenían a Bernardo Monteagudo y a su primo el párroco de Sicasica, Doctor José Antonio Medina, como partícipes, en las aulas de San Francisco Xavier.

Con las insurrecciones alto peruanas, el orden colonial estaba siendo rebasado, hasta llegar a Buenos Aires con mayor probabilidad de permanencia, pese a que el nuevo gobierno tenía dos grandes problemas para resolver: la independencia y la organización del nuevo Estado. Pese a no conocer exactamente lo sucedido en Buenos Aires, las autoridades elegidas al interior del ex Virreinato expusieron su apoyo y muchas estuvieron de acuerdo en recibir expediciones que no sólo darían cuenta de lo ocurrido, sino también garantizarían la elección de representantes que, en tiempo muy breve, formarían parte de una unión general de todo el Virreinato en Buenos Aires. La nueva Junta de Gobierno dispuso extender y legitimar su autoridad, lo mismo que preservar la unidad territorial de todo el ex Virreinato.

Fueron muchas las ciudades del interior que aprobaron y reconocieron al nuevo gobierno, sin embargo Asunción, Córdoba y Montevideo no estuvieron de acuerdo, pese a que el gobierno actuó como heredero de la administración virreinal, sin duda leal a Fernando VII, siguiendo la estrategia elaborada por estudiantes y profesores en la Universidad de Chuquisaca.

Pese a las decisiones cordobesas, pasada la Semana de Mayo y cuando se convocaron a diputados representantes de las provincias del interior para conformar un Congreso Constituyente, fue elegido el Deán de la Catedral de Córdoba Doctor Gregorio Funes para representar a la Intendencia en dicha instancia. Su talento y muestras de inteligencia superior, pronto le granjearon el respeto de los otros diputados y autoridades de la Junta, permitiéndole colaborar positivamente al afianzamiento de la autonomía y mostrar la participación de Córdoba en esos importantes momentos.

Mientras se daban los primeros pasos del naciente Estado, en la ciudad de Córdoba y especialmente en la campaña, la mayoría del vecindario estaba dedicado a sus labores habituales y no se había detenido para el desarrollo cotidiano de las costumbres y actividades propias del pueblo, que no toma decisiones hasta no estar completamente compenetrado sobre la conveniencia de declararse independiente.

Se tenía certeza que Buenos Aires en aquella época, igual que en 1806 y 1807, cuando los ingleses la invadieron, tomaría las medidas oportunas en nombre de todo el ex Virreinato y adoptaría la actitud más conveniente para toda la región, por lo que la gente del interior rioplatense no se inmutaba ante los acontecimientos.

Por eso, en la docta Córdoba se gozaba de tranquilidad sin sobresalto alguno y poco y nada podía decir el Obispo Orellana, que la mañana del 25 de Mayo había curioseado, antes de iniciar la misa diaria, para tener seguridad si era mayor o menor que en otras oportunidades la concurrencia de fervientes creyentes al Santo Sacrificio, igual que la mayoría de comerciantes respecto al número de sus clientes y cantidad de ventas.

En cambio, el Gobernador Intendente, Capitán de Navío Don Juan Gutiérrez de la Concha, había estado algo preocupado por el embarazo de su esposa, la porteña Doña Petrona Irigoyen y de la llegada de su segundo hijo, que recién se efectuaría a fines de julio de ese 1810, cuando el padre y otros personajes escaparon hacia el norte tras ser apresados por orden de la Junta de Gobierno de Buenos Aires.

El Gobernador Intendente anoticiado por las autoridades virreinales de lo ocurrido en el Alto Perú, había sentido justificada inquietud, porque precisamente el 25 de Mayo, Santiago de Liniers, que había llegado a la ciudad para residir en la gran Estancia de Alta Gracia, adquirida al Doctor Victorino Rodríguez.

Los funcionarios españoles se resistieron al desplazamiento de Cisneros. Surgió así el problema de la contrarrevolución. En Buenos Aires los principales núcleos de oposición fueron: la Audiencia, el Cabildo y el ex virrey. La Audiencia no reconoció a la Junta. Esta dispuso, en junio de 1810, la detención de Cisneros y de los miembros de la Audiencia y su embarque hacia España.

Sin embargo, cuando comenzaron a pasar los últimos días de aquel año de 1810, nadie vivía tranquilo en Córdoba, unos por las noticias inquietantes del Alto Perú, o desde la Península, o de las invasiones napoleónicas; y otros porque no querían sufrir un sinsabor político, perjudicial para la corona y permanencia de Su Majestad Don Fernando Séptimo en el trono de España e Indias. Pocos eran los vecinos que seguían con tranquilidad sus trabajos cotidianos, antes y después de conocerse la orden recibida por el Coronel Francisco Ortiz de Ocampo, secundado por el Teniente Coronel Antonio González Balcarce, a la cabeza del Ejército del Norte, con expreso mandato del Doctor Mariano Moreno para que quienes se opusieran a la revolución sean remitidos a Buenos Aires a medida que fueran capturados, pero el 28 de julio impartió la orden de sean arcabuceados Santiago Liniers, el Obispo Orellana, el Intendente de Córdoba Gutiérrez de la Concha, el Coronel de milicias Allende, el oficial real Moreno y Don Victoriano Rodríguez en el mismo momento en que sean pillados. El 31 de julio los indicados jefes realistas huyeron hacia el Alto Perú al disolverse su ejército. Liniers fue capturado el 6 de agosto en las sierras de Córdoba y al otro día los otros jefes, al ser remitidos a Buenos Aires contrariando la orden de ejecución, el 26 de agosto en Cabeza de Tigre fueron alcanzados por los nuevos conductores políticos del Ejército del Norte, Castelli ordenó el fusilamiento inmediato de Liniers junto a los otros detenidos con excepción del Obispo Rodrigo de Orellana, que fue enviado preso a Luján.

El 27 de mayo de 1810, dos días después de la Revolución de Mayo, la Primera Junta envió una circular a los cabildos del interior para que eligieran sus representantes en Buenos Aires, para sumarse al nuevo gobierno. En diciembre del mismo año, la mayoría de los delegados habían llegado y solicitaban su incorporación. El 18 de diciembre de 1810 se celebró la primera reunión que posteriormente daría lugar a la Junta Grande.

Gregorio Funes había viajado a Buenos Aires y permanecía allá desde 1809, cuando estalló la Revolución de 1810, sin pensar dos veces tomó decidida participación en apoyo de la causa revolucionaria. Designado diputado por Córdoba, integró la Junta de Gobierno, a la que presentó sus títulos el 22 de diciembre de 1810.

Los siete integrantes de la Primera Junta que se encontraban en Buenos Aires, porque Belgrano y Castelli estaban en comisión de la misma, el 18 de diciembre de 1810 celebraron una reunión con los nueve diputados de las provincias, llegados a la capital. En esa reunión conjunta de trece personas: Saavedra, Azcuénaga, Alberti, Matheu, Larrea, Manuel Ignacio Molina, Juan Francisco Tarragona, José Simón García de Cossio, Francisco Bruno de Gurruchaga, Manuel Felipe Molina, Gregorio Funes, Pérez de Echalar, José Antonio Olmos de Aguilera y Juan Ignacio Gorriti; votaron por la incorporación de los diputados a la Junta mientras que Paso y Moreno, se oponían a la misma. Al término de la votación, Moreno presentó su renuncia, pero no fue aceptada. A Mariano Moreno la Junta le encomendó funciones en Río de Janeiro e Inglaterra, partió a bordo de la goleta inglesa “Fame” y falleció en alta mar en la madrugada del 4 de marzo de 1811. Se especuló haber sido asesinado.

Parece que el Deán fue proponente, para lograr una mayoría dispuesta a contrariar al jacobino que veían en Moreno, como pauta dada por el hábil hombre para la intriga, aunque era blando complemento favorable al Coronel Saavedra, lleno de energía pero sin luces. Se resolvió que, reunidos los miembros de la Junta y los diputados, se procediese a votación. Como era natural que sucediese, ganaron los partidarios de la incorporación, pues eran nueve diputados del interior y siete los miembros de la Junta por ausencia de Belgrano y Castelli. Los nueve diputados y Saavedra, Larrea, Alberti, Matheu y Azcuénaga votaron a favor; Paso y Moreno en contra. La posición del Presidente de la Junta salió fortalecida, gracias a los enredos manejados por el Dean Funes.

Detrás de todo esto, se pudieron notar las tendencias opuestas de Saavedra y de Moreno que deseaba formar cuanto antes el congreso para cambiar el régimen; el coronel Saavedra al propiciar la Junta Grande trataba de dilatar una medida favorable a la definitiva separación de España, por las causas que no vale la pena recordar. Así, el Deán tuvo trascendencia adicional, con la participación de los diputados en la Junta Grande

Al día siguiente 19 de diciembre, todos prestaron juramento, quedando constituida la Junta Grande, que con varios cambios en su estructura, gobernó hasta el 22 de septiembre de 1811. Fue reemplazada por un golpe institucional a la cabeza del cual se encontraba el Cabildo de Buenos Aires. Éste llevó al gobierno al Primer Triunvirato, que volvería a las tendencias centralistas de la Primera Junta.

La Junta Grande desarrolló, principalmente, una política de espera y de cautela ante los sucesos de la contrarrevolución y de España. Uno de los principales problemas con los que debió contar la Junta Grande, fueron las tendencias internas en su seno, entre las cuales se destacaban la radical representada por el Doctor Mariano Moreno con apoyo de los otros dos abogados de Chuquisaca y el Doctor Manuel Belgrano y la otra conservadora que tenía a la cabeza al Coronel Cornelio Saavedra, las que llevaron a un accionar lento, porque desde ese momento las decisiones no eran sólo para el puerto de Buenos Aires y su gente, sino para todo el país allí representado.

Mediante el Decreto de Creación de las Juntas Provinciales, del 11 de febrero de 1811, la Junta Grande intentó dar participación a los pueblos del interior, para lo que establecía en cada capital de Intendencia una Junta Provincial con autoridad sobre toda la estructura gubernamental, integrada por el Gobernador Intendente designado por la Junta de Buenos Aires y cuatro vocales elegidos por los vecinos de cada ciudad. En todas las ciudades dependientes se formaban juntas subordinadas integradas por el gobernador delegado y dos vocales electivos.

Gregorio Funes, diputado por Córdoba, había propuesto el nuevo sistema, que fue bien recibido en las capitales de intendencia pero por demás resistido en las ciudades subordinadas, que no integraban las Juntas Provinciales.

El Deán Gregorio Funes, en su actuación como escritor y periodista, colaboró con el Telégrafo Mercantil, durante los primeros años del siglo XIX, al lado de personalidades de la talla de Tadeo Haencke, Mariano Moreno y Manuel Belgrano. Todos estos personajes, justamente, fueron los comisionados para elaborar los primeros alegatos y comunicados políticos, económicos, sociales e históricos del período patrio inicial.

Gregorio Funes tuvo actuación muy relevante para el futuro, el 18 diciembre de 1810 se produjo una verdadera revolución, con la presentación del primer amago de federalismo que, después, se acentuó con el decreto del 10 de febrero de 1811, sobre la creación de Juntas Provinciales, inspirada por Funes. El mismo diputado reconoció más tarde “que dando a los diputados una participación activa en el gobierno, insurrección fue desterrado de su seno el secreto de los negocios, la celeridad de la acción y el vigor de su temperamento”. Por supuesto, la incorporación de los representantes del interior atrasó la reunión del congreso general y el establecimiento de la forma definitiva de gobierno. Saavedra quedó como presidente, Paso e Hipólito Vieytes como secretarios. Con la desaparición, la Junta volvió a utilizar la “careta”, sin ánimo de presentar la “cara”.

Cuantas cosas se pueden contar del antes y después del 25 de Mayo de 1810 en Córdoba, son situaciones diferentes a las del resto del territorio virreinal. Se trató de hacer algo especial, al rememorar esos días y bien claro quedó de la buena fe, la intriga y la valentía para defender un juramento y la ingenuidad para oír, lo que soplaban en algún confesionario, los cordobeses forjaron una historia que los todos los argentinos deben repasar muy bien para no equivocarse y si eso ocurre, tener fortaleza de ánimo para detenerse y cambiar de camino, porque solo así será lo mejor para las instituciones, las familias y para los mismos ciudadanos.

El Cabildo continuó en la oposición, hasta que sus integrantes fueron reemplazados por partidarios de la revolución. En el interior, las autoridades de Córdoba, el 20 de junio, Potosí, Cochabamba, La Paz, Chuquisaca, Paraguay y Montevideo desconocieron el poder de la Junta Gubernativa. Se organizaron movimientos contrarrevolucionarios; el más peligroso, por su cercanía de Buenos Aires, fue el de Córdoba, que, dirigido por Liniers, estableció contacto con las autoridades alto peruanas, y reunió fuerzas para resistir.

La primera población en reconocer a la junta fue la de Luján el 2 de junio, le siguieron las de Maldonado, el 4 de junio y Colonia del Sacramento, el 5 de junio, pero estas dos poblaciones fueron ocupadas por los realistas de Montevideo. Luego Concepción del Uruguay el 8 de junio, Santo Domingo Soriano el 9 de junio, Santa Fe el 12 de junio, el Fortaleza de Santa Teresa y San Luís el 13 de junio y Corrientes el 16 de junio. Salta el 19 de junio en medio de una gran oposición, Gualeguay, Gualeguaychú y Catamarca el 22 de junio, Mendoza el 23 de junio, Tarija el 25 de junio. San Miguel de Tucumán decidió el 11 de junio esperar la decisión de Salta y luego lo hizo a favor el 26 de junio. Santiago del Estero el 29 de junio. El gobernador de Misiones el 8 de julio. El cabildo de San Juan la rechazó el 13 de julio y la reconoció el día 28. San José de Jáchal el 6 de agosto, San Agustín de Valle Fértil el 10 de agosto. Después de sofocada la reacción de Liniers lo hizo Córdoba el 8 de agosto y Río Cuarto el 13 de agosto, mientras que La Rioja evitó pronunciarse a favor hasta el 1 de septiembre. San Salvador de Jujuy el 4 de septiembre. Cochabamba el 23 de septiembre, Santa Cruz de la Sierra el 24 de septiembre, Chuquisaca el 13 de noviembre, La Paz el 16 de noviembre y Oruro el 4 de diciembre de 1810.

La Junta trató de disuadir a los complotados; al no lograrlo, recurrió a la acción armada y a los castigos ejemplares. La medida más controvertida fue el fusilamiento de los contrarrevolucionarios de Córdoba, ejecutado durante la Primera Campaña al Alto Perú. Fue aprobado por la totalidad de los miembros de la Junta, con excepción del sacerdote Manuel Alberti.

Quien estuvo muy bien advertido, era el Deán de la Catedral de Córdoba Gregorio Funes a cuya casa fue a parar Larín, en aquella madrugada tormentosa y en aquel instante, el Deán vislumbró cual sería su destino. Llegó a pensar ser el Gobernador de la Provincia, bajo un nuevo régimen, sin embargo no se le cumplió la aspiración, fue nombrado Juan Martín de Pueyrredón y, poco tiempo después tendría posibilidad de mostrar sus habilidades políticas, cuando los diputados elegidos para representar a ciudades y regiones del interior, se reunieron el 18 de diciembre, con la finalidad de tratar su incorporación a la Junta y dar cumplimiento a la circular del 27 de mayo. El representante por Córdoba sostuvo que “la capital no tenía derecho a gobernar por sí sola a las provincias” y que los diputados no podían renunciar a formar parte de la Junta, misión que les habían confiado sus comprovincianos. Mariano Moreno, por su parte, alegó que la Junta había sido reconocida en el interior y que los diputados debían decidir la forma de gobierno, reunidos en Congreso, a la vez que consideraba el contenido de la equivocada circular del 27 era obra de la inexperiencia.

La Junta, entre sus primeras medidas aprobó la movilización contra los funcionarios españoles que no reconocían al nuevo gobierno, extendiéndose la orden al Alto Perú, el Paraguay y la Banda Oriental.

Siempre en cumplimiento de las órdenes de la Junta, Las fuerzas revolucionarias enviadas por la Primera Junta al Alto Perú, obtuvieron la primera victoria de las armas patriotas en la batalla de Suipacha, el 7 de noviembre de 1810, liberaron Potosí y expandieron la revolución en la región. Pero, el triunfo no pudo protegerse debido a que Juan José Castelli no pudo mantener su autoridad, frente a las numerosas deserciones, aplicando su actitud jacobina. El pueblo desertó de las milicias patriotas por temor a ser excomulgado; el ejército español recibió refuerzos del Perú y obtuvo la victoria en la batalla de Huaqui, el 20 de junio de 1811. Los revolucionarios debieron retirarse desordenadamente hasta Jujuy y los realistas triunfadores recuperaron la región.

La expedición dirigida por Manuel Belgrano debía lograr el reconocimiento del gobierno de Buenos Aires en el Paraguay, con orden de Mariano Moreno de fusilar automáticamente al gobernador de esa provincia. El 9 de enero de 1811 las fuerzas porteñas fueron derrotadas en Paraguarí y el 9 de marzo de 1811, en la Batalla de Tacuarí. El 14 de mayo de 1811, no obstante, estalló en Asunción una revolución liderada por liberales que destituyó al gobernador Bernardo de Velazco y estableció una Junta local. Lamentablemente, desacuerdos con el gobierno centralista de Buenos Aires, determinaron una política aislacionista, por lo que el Paraguay se mantuvo al margen de la guerra por la independencia.

En la Banda Oriental, estalló una insurrección de la población rural contra las autoridades españolas de Montevideo, con Francisco Javier de Elío como virrey y que no era reconocido como tal fuera de la ciudad. El movimiento cobró tal fuerza bajo la jefatura del hacendado José Gervasio de Artigas, que convirtió a este patriota en uno de los reconocidos héroes rioplatenses.

La Junta de Gobierno de Buenos Aires decidió enviar fuerzas que, junto con los orientales, vencieron a las tropas de Elío en Las Piedras y pusieron sitio a Montevideo en junio de 1811. Sin embargo, la ciudad, perfectamente amurallada, resistió. Desde ese momento y por largo tiempo, la flota española dominó el Río de la Plata y bloqueó el puerto de Buenos Aires.

Un acontecimiento inesperado ensombreció el desenvolvimiento de la Junta de Gobierno, con la Revolución del 5 y 6 de abril de 1811, que ante la aparente debilidad de la Junta, se adjudicó al grupo morenista preparar un levantamiento, pero se adelantaron los cuerpos leales a Saavedra. Buen número de hombres del conurbano porteño ocuparon la Plaza de Mayo con apoyo de las tropas, en la noche del 5 al 6 de abril. Presentaron ante el Cabildo una serie de peticiones, que sin trámite alguno fueron aceptadas por la Junta y los jefes militares. A raíz del motín resultaron reemplazados cuatro miembros morenistas de la Junta: Larrea, Azcuénaga, Vieytes y Rodríguez Peña. Joaquín Campana fue nombrado Secretario de Gobierno, asumió el liderazgo de la Junta, compartido con Saavedra y el Deán Funes. Se creó el Tribunal de Seguridad Pública, para juzgar a quienes atentasen contra el gobierno.

Un curioso resultado de estas expulsiones fue la rebelión del Cabildo de San Luis, donde había sido internado un gripo de los expulsados. Estos no tuvieron inconveniente en convencer al cabildo, para retirar la representación del diputado Marcelino Poblet, con el propósito de debilitar a la Junta. Pero la Junta ratificó a Poblet, para que siguiera en su cargo; así, se protegía de sus adversarios, pero también se perdía el apoyo de los cabildos del interior. Esto resultó determinante más tarde, cuando éstos no defendieron a la Junta frente a la presión porteña que causaría su caída, por no sentirse enteramente representados por ella.

A esta época le siguió una crisis y transformación del Gobierno. A mediados de 1811 la situación militar se tornó desfavorable, con la derrota de las fuerzas revolucionarias en Huaqui, se dejó el Alto Perú en manos enemigas y en consecuencia se interrumpió el comercio con Potosí. Aceptando su pedido, la Junta autorizó a Saavedra a marchar hacia el Norte, para reconstituir el ejército y apaciguar la posible invasión española. Así, el gobierno quedó sin su principal autoridad.

En la Banda Oriental, el ejército revolucionario había sitiado Montevideo. El designado virrey del Río de la Plata, el español realista Elío, contaba con la flota de Montevideo, que le permitía dominar los ríos y bloqueaba el puerto de Buenos Aires. La Junta abrió negociaciones con Elío, pero terminó por rechazar los términos que impuso el realista. Esta situación benefició al cabildo de la capital, intimando a la Junta Grande negociar su poder con el virrey no aceptado. Utilizó como excusa el bloqueo, acusó a la Junta de Gobierno de ineptitud por no haber llegado a ningún acuerdo con el peninsular. Presionando por la prensa y por manifestaciones en plena vía pública, algunas de ellas apuntaladas por oficiales distanciados con Saavedra, obtuvo que se llamara a una asamblea de "apoderados del pueblo".

Cuando el Secretario Campana quiso defender la autoridad del gobierno, fue acusado de humillar a los representantes del cabildo, que reclamó su renuncia. La Junta, presidida por Domingo Matheu, sin ningún miramiento, relevó a Campana y lo desterró de la ciudad.

Al ser convocadas las elecciones de los apoderados del pueblo, el cabildo hizo elegir también dos diputados por Buenos Aires al Congreso de las Provincias, una idea que parecía haberse dejado de lado, pero que el ayuntamiento recuperó como presión contra la Junta. Fueron electos Feliciano Chiclana y Juan José Paso como diputados, y doce “apoderados” de éstos, quien más votos había obtenido fue Manuel de Sarratea.

En una reunión con la Junta, del 22 de septiembre de 1811, el cabildo logró que la Junta ordenara la creación de un nuevo gobierno, que sería conocido como Primer Triunvirato, formado por Chiclana, Sarratea y Paso. Los hombres de Buenos Aires creían necesaria la concentración del poder para proceder con energía y celeridad.

La Junta continuó existiendo, transformada en Junta de Conservación de los Derechos de Fernando Séptimo, con la misión teórica de ejercer como poder legislativo. Las relaciones entre ésta y el Triunvirato no estaban bien definidas: cuando la Junta sancionó un reglamento constitucional, el gobierno lo sometió a la decisión del Cabildo de Buenos Aires, dejando en claro que éste era superior a la Junta, y alentando al cabildo rechazarlo. Como la Junta se quejó del procedimiento, simplemente la disolvió oficialmente, en noviembre de ese mismo año.

Unas semanas más tarde, los diputados del interior fueron expulsados de la ciudad, acusados de haber fomentado el "Motín de las trenzas", a fines del año 1811. El origen del motín estuvo en que los soldados y suboficiales del Regimiento de Patricios se negaron a obedecer órdenes del gobierno, ejercido por el Primer Triunvirato, entre las cuales figuraba el corte de las coletas de las tropas y era signo de distinción y autonomía de los miembros de ese regimiento. El motín fue interpretado de diferentes formas por distintos autores, que le adjudicaron causas mayormente políticas, por lo que dista mucho de haber sido confirmado.

Datos relevantes sobre el Dean Gregorio Funes

El Deán Gregorio Funes, nació en el seno de una familia acaudalada de la ciudad de Córdoba, estudió en el Colegio de Monserrat de su ciudad natal. Se ordenó sacerdote en 1733 y fue director del seminario de su obispado. El mismo año de su ordenación se produjo un conflicto entre el cabildo de la Catedral y el rector de la Universidad Nacional de Córdoba (apoyado por el obispo), causado por el reparto de los bienes que habían dejado los jesuitas al ser expulsados. Como Funes acaudillaba al grupo opositor del obispo, éste lo nombró cura de la parroquia de la Punilla, pago que en esa época era la zona rural más importante de toda la provincia, con la intención de evitar la participación de Funes en el conflicto.

Sin permiso de su obispo se trasladó a España, donde se doctoró en derecho canónico en la Universidad de Alcalá de Henares en 1779. Durante su estadía en España tomó contacto con las ideas de la Ilustración, que entonces eran la norma rectora de las reformas que quería llevar a cabo el rey Carlos III de España. Retornó a Córdoba acompañando al nuevo obispo de Salta José Antonio de San Alberto, y fue nombrado canónigo de la Catedral. En 1793 fue nombrado provisor del obispado, y en 1804 fue ascendido a Deán de la Catedral; el mismo año murió el Obispo y ocupó la gobernación del obispado hasta la llegada de su reemplazante, Rodrigo de Orellana.

Deán es el canónigo que presidió el cabildo de la catedral. En la antigua Universidad española de Alcalá, fue el graduado más antiguo de cada facultad. La Ilustración, a la que se acogió serenamente, fue un movimiento cultural europeo que se desarrolló especialmente en Francia e Inglaterra, desde principios del siglo XVIII hasta el inicio de la Revolución francesa, aunque en algunos países se prolongó durante los primeros años del siglo XIX. Fue denominado así por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces de la razón. El siglo XVIII es conocido, por este motivo, como el Siglo de las Luces. Los pensadores de la Ilustración sostenían que la razón humana podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía, y construir un mundo mejor. La Ilustración tuvo una gran influencia en aspectos económicos, políticos y sociales de la época. La expresión estética de este movimiento intelectual se denominará Neoclasicismo.

Desde 1807 fue rector de la Universidad y del Colegio de Monserrat. Redactó un plan de reforma de la Universidad, que incluía materias nuevas, como las matemáticas, la física experimental, el idioma francés, la música y la trigonometría. Era partidario de la enseñanza gratuita y donó diez mil pesos para fundar una cátedra de geometría, aritmética y álgebra.

Pero en filosofía se negó a estudiar las escuelas nuevas, como las de René Descartes, John Locke y Leibniz, ya que consideraba que la escolástica era lo suficientemente segura y probada. Tuvo serios problemas por sus ideas democráticas con las autoridades locales, principalmente con el gobernador Rafael de Sobremonte.

En 1809, de viaje por Buenos Aires, se enteró por intermedio de Manuel Belgrano y Juan José Castelli de los planes de los grupos revolucionarios. Se adhirió al carlotismo, ese movimiento orientado a la independencia por medio de la coronación de la hermana del rey cautivo, Fernando VII, Doña Carlota Joaquina de Borbón, esposa de

Antes incluso que el gobernador Juan Gutiérrez de la Concha, fue el primer cordobés en enterarse del estallido de la Revolución de Mayo y se adhirió de inmediato al partido revolucionario. Un grupo de notables lo invitó a participar en una reunión, donde se trató el rechazo del reconocimiento a la autoridad de la Junta. Funes fue el único que se opuso a los planes de los enemigos de la Revolución. Denunció a la Primera Junta que el gobernador Concha, apoyado por el ex virrey Santiago de Liniers, habían jurado al Consejo de Regencia, desconociendo su autoridad.

Cuando la expedición del Ejército del Norte hizo huir al gobernador Concha y sus aliados, Funes logró reunir el Cabildo y hacer que reconociera la autoridad de la Primera Junta. Capturados los contrarrevolucionarios, convenció al general Francisco Ortiz de Ocampo de no fusilarlos. Ocampo los envió a Buenos Aires, pero los prisioneros fueron fusilados.

Poco después fue elegido diputado por su ciudad, en la Junta de Gobierno. Fue el dirigente del grupo de diputados del interior que presionó para ser incorporados a la Junta de inmediato, lo que se logró en diciembre de 1810. Apoyó la política conservadora del presidente de la misma, el Coronel Cornelio Saavedra, en su política contraria al grupo dirigido por el Doctor Mariano Moreno. Una vez incorporado a la Junta, fue objeto de numerosas consultas de la mayor importancia y fue el redactor de la mayor parte de las proclamas, cartas y manifiestos.

Después de la revolución de abril de 1811, dirigió la Gazeta de Buenos Aires, el periódico oficial del gobierno. Fue, además, un decidido defensor de la libertad de imprenta. Apoyó la teoría de que el patronato debía revertir a la Junta, y lo consideraba una de las más importantes fuentes de autoridad que la Revolución podía administrar. Quería lograr la Independencia formal y real, cuanto antes. Fue también autor de la redacción de la exhortación al pueblo a la resistencia luego de la derrota en la batalla de Huaqui.

Después de ese descalabro militar, Saavedra fue autorizado por la Junta para ir al Norte a reorganizar el Ejército del Norte y frenar la posible invasión española, dejando al gobierno sin su principal autoridad. El espíritu revolucionario de Funes sufrió una crisis y fue uno de los firmantes del armisticio con el gobierno realista de Montevideo, que reconocía a los realistas el dominio de toda la Banda Oriental. Incluso aconsejó a su hermano Ambrosio Funes y sus amigos en Córdoba ser moderados en sus expresiones de adhesión a la Revolución.

Siendo miembro de la Junta Grande, fue muy notoria que la iniciativa en la capital pase al cabildo de la ciudad, con la decisión de desplazar al ausente Saavedra. Los nuevos diputados orientados por Deán Funes actuaron en alianza con Saavedra. Habiendo mayoría de saavedristas en esta nueva junta comenzaron una serie de conflictos contra los morenistas, que ahora estaban organizados bajo el nombre Club Marco. Los más prominentes miembros de esta Junta, exigieron la expatriación de los integrantes de ese Club. A fines de año, llegaron los diputados de los pueblos del interior, convocados por la circular del 27 de mayo. Pero existía un conflicto entre las posibles interpretaciones de esa circular, y no había acuerdo sobre a qué cuerpo debían incorporarse: la tesis defendida por Moreno era que debían reunirse en Congreso. Los diputados, acaudillados por Gregorio Funes, observaron que eso hubiera sido lo correcto en un principio; pero que, a esa altura de los acontecimientos, una Junta puramente porteña gobernaba sobre todo el país. Moreno contestó que un ejecutivo colegiado tan grande sería inoperante.

Según cuenta José A. Wilde, testigo presencial de los hechos, la tarde del 1º de enero de 1829, mientras el deán visitaba la casa quinta de don Santiago Spencer Wilde, luego de un breve paseo por el parque, conversando con su anfitrión frente al proscenio del pequeño teatro del antiguo Parque Argentino o Vauxhall que funcionara en el lugar, el deán cayó repentinamente muerto.

PRESENTACIÓN: La Gloria Antes del 25 de Mayo

Presentación

En todo hecho de trascendencia histórica existen antecedentes y también consecuencias, representadas a la vez por sucesos de similar, menor o mayor significación; sin embargo, los antecedentes que culminan en el acontecimiento principal y las consecuencias que dicho acontecimiento originan, constituyen la historia de una nación, de un estado, de un país.

En este entendido el 25 de Mayo de 1809 antecede al hecho central: la República Argentina, como culminación de la Reconquista y Defensa, en ocasión de las Invasiones Inglesas a Buenos Aires, y como secuela de la Declaración de Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el 9 de Julio de 1816 que es fundamento de la Nación Argentina.

Pero, es trascendente incluir, tanto entre antecedentes como en consecuencias, otros hechos de menor importancia, anteriores o intermedios que tienen nítida influencia en los principales.

En la historia argentina oficial, la que se expone en los libros de texto, por omisión voluntaria o involuntaria de los historiadores, se omiten hechos que son parte de la cadena formada por los anteriores al momento principal y los posteriores, con lo que la exposición queda incompleta, con la incertidumbre de que alguien quiera o pueda completarla.

La omisión de hechos incluye, por supuesto, la indiferencia en cuanto a las acciones valerosas realizadas por personas, muchas veces con riesgo de la vida, sin cuyo concurso los hechos antecedentes no hubiesen sido posibles, como es el caso del esforzado ingeniero catalán Don Felipe Sentenach, que con riesgo de su integridad física y vida misma, ingresaba al Fuerte en posesión de los ingleses, para medir las distancias que le permitiesen volar el baluarte, es uno de los héroes máximos de la Reconquista, aunque pocos conocen su temeridad, igual que la de otros precursores de la libertad.

Retrocediendo en el tiempo de la historia oficial, se encuentra la ponderación de Túpac Amaru, el principal protagonista de la mayor sublevación indígena en el Virreinato del Perú, pero se excluye a Túpac Katari un émulo con buen resultado del cacique peruano que en 1781, en una de las intendencias del norte del Virreinato del Río de la Plata, fue precursor y mártir por la libertad al morir descuartizado, antes de la ejecución de su esposa e hijos y que antes de sufrir la condena hispana exclamó en aymara, su lengua: “A mi me matan, pero volveré y seré millones”.

Hechos notables anteriores al 25 de Mayo, con significación reconocida para el Virreinato del Río de la Plata, como la insurgencia y declaración de derechos de los criollos para liberarse del yugo español, reprimida sañuda y cruentamente en el Alto Perú, parte de la jurisdicción platense, merecen sólo uno o dos párrafos, sin que historia oficial reconozca a los valerosos hombres que realizaron las acciones que merecen ponderación en la proporción a sus bizarros actos.

Se hace referencia mínima a los esfuerzos de Don Martín de Álzaga que, con su connota intervención en la Reconquista, ofrendó dinero y energía personal buscando la libertad del Río de la Plata, junto a la temeraria participación, al frente de los españoles que estaban en el lado de los criollos.

Cunde la vacilación cuando, por un lado, se juzga y condena a los dos traidores que liberaron al comandante de las fuerzas que invadieron Buenos Aires en 1806 y posteriormente, por otro, se envía ante los representantes de la corona inglesa en Londres, a uno de ellos en comisión oficial de la Primera Junta. ¿Los dos criollos fueron traidores o patriotas?

Frente al descuido, pero con la esperanza que se siga desentrañando la historia previa y durante la Semana de Mayo, conviene recordar que la historia es la narración y exposición de sucesos pasados dignos de memoria, los acaecimientos y hechos políticos, sociales, económicos, culturales, de un pueblo, de una nación.

Pese al olvido de hazañas notables:

¡Gloria al Primer Gobierno Autónomo en Iberoamérica!

¡Gloria a los precursores de la Libertad!

¡Gloria a quienes ofrendaron su vida en búsqueda de la independencia!

¡Gloria a Mariano Moreno y Manuel Belgrano, héroes de la Gran Patria que se debió heredar del Virreinato del Río de la Plata!

miércoles, 1 de septiembre de 2010

PRESENTACIÓN: Reportaje a Mariano Moreno


PRESENTACIÓN

La batalla de Caseros, librada el 3 de febrero de 1852, entre el ejército de la Con-federación Argentina al mando de Juan Manuel de Rosas, Encargado de Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina y el Ejército Grande, compuesto por fuerzas del Brasil, el Uruguay y las provincias de Entre Ríos y Corrientes, coman-dado por el gober-nador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, dio inicio a muchos hechos considerados históricos. Uno de ellos fue el comienzo de la histografía nacional. Esta situación se explica cómodamente en razón de que el país, hasta ese momento, estuvo afrontando un período de construcción, sin que hubiese tiempo para dedicarlo a hacer historiografía. Después de Caseros, y sobre todo de Pavón, se inició la historiografía nacional.

Los iniciadores fueron Vicente Fidel López y Bartolomé Mitre, con actuaciones poste-riormente muy criticadas por los revisionistas aunque, sin lugar a dudas, tuvieron indiscu-tible mérito. Tal vez no mucho porque su producción resulte característicamente útil en la actualidad, sino por abrir la senda con perseverancia y cierta particularidad literaria. Como no podía ser de otra manera, no tuvieron la objetividad necesaria, dedicada sólo a justificar comportamientos personales y las de sus partidarios en la actividad política. Para ambos historiógrafos, tanto la colonización española, los caudillos federales como la actuación de Rosas fueron modelos no imitables, debido a que el pasado debía que-dar atrás por completo.

Como afirma Valentín Abecia Baldivieso, en su Ciencia y Metodología de la Investiga-ción, “resulta útil referirse a estas dos esferas del conocimiento: ciencia de la naturaleza y ciencia de la historia que, indudablemente, son diferentes. La ciencia física se diferen-cia de la historia si se supone que estudia los procesos objetivos de los acontecimientos en el espacio y en el tiempo que tienen absoluta independencia de la observación huma-na. Esos hechos se los puede conocer, captar y verificar con los métodos experimentales tal cual son, sin que ellos dependan para nada de quien trate de observarlos o experi-mentarlos. De este modo espacio y tiempo son categorías universales y abstractas; representan un patrón lógico para toda ciencia que para ser tal debe amoldarse a esas categorías”.

Resulta, sin embargo, que el tiempo que pasa sin relación con los objetos externos no existe. El tiempo sucede generando transformaciones en todas partes, de modo que en todas ellas se produce la irreversibilidad como principio fundamental o sea que aún en el campo de la ciencia clásica hay una esencial historicidad. Esto no quiere decir que el esquema lógico de la ciencia antigua haya perdido validez; pero, es un error tratar de aplicar a todo saber ese esquema lógico y medir todos los hechos mediante conceptos absolutos de tiempo, espacio, observación objetiva, ley, previsibilidad, singularidad, uni-cidad, etc.

En lo concreto, la historia es una ciencia de la naturaleza que, como tal, se fundamenta en el campo de la experiencia, teniendo en cuenta que cuando una enorme cantidad de ejemplares iguales se somete a experimentación es posible llegar a la certeza donde repercute el efecto sobre la causa, lo que da origen o es causa de la ley relativa al hecho científico. Esta relación de causación da origen al concepto de hecho propio de la cien-cia, aunque no tiene una definición universalmente aceptada, porque: Según el empiris-mo lógico, como concepción heredada de la filosofía de la ciencia, es una observación verificable y objetiva, en la que los hechos se identifican con las observaciones. Según el realismo científico, es un acontecimiento que puede ser descrito de manera verificable y objetiva.

En cuanto a la llamada Estructura Histórica el historiador recoge datos aislados y los conecta dando configuración a un todo, a un conjunto histórico. La selección la hace él mismo y compone una estructura de acuerdo a los propios límites de observación que se propone. En este aspecto juega un papel importante el historiador, porque es él quien efectúa el trabajo. Un ejemplo de historiador, es aquel que pone en relieve su formación para usar correctamente el documento que contiene el o los datos y debe tener una rara y excepcional condición para penetrar en las fuentes documentales, combinar los testi-monios previo cotejo y seleccionar de ellos hasta llegar a formar una conexión histórica que otras personas no la habrían captado.

Mucho se habla del posítivismo en la labor del historiador, pero este otro aspecto es más importante que su formación positivista, porque se refiere a la problemática personalísi-ma del historiador, a su manera de escoger, de trabajar, a su intuición y al tacto científico para la selección que configura el hecho.

El proceder del historiador no se explica en alguna de sus obras, pero su práctica del método debe ser peculiar. Su inclinación, al positivismo en esto quedará ensombrecida y sobrepasada. Para el positivismo el hecho no observable no es real, es la experiencia pura y objetiva la que vale con abstracción total de la persona humana. Pero, el historia-dor debe demostrar que los hechos históricos había que conectarlos, interviniendo el investigador. Tal vez por eso se ha dicho que la riqueza del conocimiento histórico es directamente proporcional a la cultura del investigador, como en la siguiente ecuación:

Historia = Presente / Pasado

Donde se pone de manifiesto el rol decisivo que cobra sentido la compleja red de rela-ciones que juega la intervención del presente del historiador, de su pensamiento, de su personalidad y de los límites que pone a los hechos para conectarlos y configurar el acontecimiento histórico.

Se dice que como la historia no puede elevarse al conocimiento de causas, fue tomada como un saber no científico en la antigüedad; por consiguiente tampoco podía hablarse de ley como enunciación de relaciones fijas y constantes. Evidentemente en las conexio-nes de los hechos no se encuentra en la historia la regularidad ni sucesión fija. Parece más bien que la conexión histórica se da en un círculo donde todos y cada uno de los datos actúan sobre los otros y son afectados también por éstos. Es una pluralidad de conexiones que ha dado lugar a formular la idea de una conexión múltiple situacional, no causal.

Esas conexiones se dan en la estructura que puede llamarse también forma, tipo, serie, conjunto. Aquello que suele llamarse tipos puros ideales, una figura mental unitaria como feudalismo, romanticismo, etc.; son posibles de decir conceptos típicos que sirven al historiador.

También es corriente decir: la estructura histórica es la figura que muestra un conjunto de hechos dotados de una articulación interna en la cual se sistematiza y cobra sentido la compleja red de relaciones que entre tales hechos se da. Es, por tanto, un sistema de relaciones dentro del cual cada hecho adquiere su sentido, en función de todos los otros con los que se halla en conexión. Entre los hechos de una estructura se constituye no un nexo causal, sino una relación situacional.

El historiador observa los hechos previos y posteriores, cuanto más y muy puntuales son, resulta mayormente provechoso; los abstrae, establece sus conexiones y configura una estructura donde se encuentra la realidad histórica, pues, se comprenderá que la estruc-tura no es simplemente hechos, ni siquiera amontonamiento y yuxtaposición de hechos, sino un conjunto articulado que forma una conexión funcional de hechos por su situación y tiempo de realización y que crea un proceso de relaciones donde se destaca el ante-cedente del hecho a tildar como histórico, el hecho en sí y las consecuencias del hecho acontecido, sobre el fundamento de sus antecedentes.

Se habla de la existencia de realidades históricas que sin dejar de ser singulares poseen cierto carácter general y engloban un conjunto de fenómenos elementales. Muchos piensan que el enunciado de esa posición tiene un valor de ley y puede considerarse como una ley en cuanto da posición de todos y cada uno de los hechos en relación con todos los demás. Se diría que esto no cuaja en el concepto clásico de ley como fórmula general que abarca clases enteras de hechos, pero frente al concepto clásico de ley, como regla de series paralelas, puede hacerse valer otro concepto que dé una relación en círculo de una pluralidad de hechos.

La estructura es un todo individual que no se repite. Es un enunciado de épocas o de tiempos concretos. Sus elementos ―los hechos― pueden ser repetibles, la estructura no. Sin embargo, la estructura que ha adquirido un grado de abstracción formal se aplica a otros conjuntos. Así al hablar de colonialismo se puede enunciar el colonialismo argen-tino, brasileño, colombiano, etc., y, finalmente, el colonialismo sudamericano. Por consi-guiente, la historia, puede dar leyes estructurales únicas aplicables a otros conjuntos, aunque es irrepetible.

En la imagen usual de la historia se encuentra dos posibilidades: 1) atomización de los acontecimientos o sucesos históricos; 2) morfología o descripción de formas de vida. En el primer caso las cosas resultan ininteligibles, porque no se sabe a quien le ocurrió lo que se cuenta. El contenido del hecho histórico sólo se entiende si se refiere una situa-ción total, que excede de todos los hechos y de su suma, y no se puede obtener por mera acumulación.

El ejemplo que se puede ofrecer es muy interesante: los diarios dan noticias relevantes, los historiadores las entienden porque se tiene, por vía no científica ni propiamente inte-lectual, una idea de las formas de la vida del tiempo y en ella se alojan automáticamente las noticias de la prensa. En cambio el historiador tiene que estudiar un conjunto, una estructura del pasado para encajar allí, y comprender las noticias que encuentra en la prensa de esa época.

Este ejemplo sobre la estructura histórica hace ver que la ciencia hoy día es el resultado de observaciones nuevas y que la complejidad de los acontecimientos humanos que cierran el paso a la experimentación, no debe desalentar porque es posible conocer los acontecimientos históricos. Al referirse a las categorías del hecho histórico se menciona que la preteridad es una de ellas. El tiempo transcurre efectuando modificaciones en las cosas, de modo que también se produce la irreversibilidad en los acontecimientos histó-ricos estructurales.

Estos hechos llevan a la meditación del tiempo en la historia. Pero el propósito no pre-tende examinar el significado del tiempo en el plano de la filosofía, sino en la necesidad de entender el hecho histórico como algo sucedido en el tiempo, como algo que pertene-ce al pasado o sea, su preteridad. De ese modo no se tiene interés en el examen del concepto del tiempo en la filosofía antigua y medieval donde fue relegado por el tema del ser.

PRESENTACIÓN: La Gloria Antes del 25 de Mayo

Presentación

En todo hecho de trascendencia histórica existen necesariamente antecedentes y también consecuencias, representadas a la vez por sucesos de similar, menor o mayor significación; porque, los antecedentes que culminan en el acontecimiento principal y las consecuencias que dicho acontecimiento originan, constituyen la historia de una nación, de un estado, de un país.

En este entendido la Revolución del 25 de Mayo de 1809, como hecho central, tiene como antecedes la Reconquista y Defensa, en ocasión de las Invasiones Inglesas a Buenos Aires y como consecuencia la Declaración de Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el 9 de Julio de 1816, fundamental evento para la Nación Argentina.

Pero, es relevante incluir, tanto entre antecedentes como en consecuencias, otros acontecimientos de mayor, igual o menor importancia, anteriores o intermedios que tienen nítida influencia en los principales.

En la historia argentina oficial, la que se expone en los libros de texto, por omisión voluntaria o involuntaria de los historiadores, se omiten sucesos que son parte de la cadena formada por hechos anteriores al momento principal con lo que la exposición queda incompleta, con la incertidumbre de que alguien quiera o pueda completarla.

La omisión de hechos encarna, por supuesto, enorme indiferencia en cuanto al accionar valeroso de personas, muchas veces con peligro o pérdida de la vida, sin cuyo concurso los hechos antecedentes no hubiesen sido posibles. Ilustra en este sentido el caso del esforzado ingeniero catalán Don Felipe Sentenach, que arriesgando la vida, tuvo protagonismo temerario en la Reconquista, sin que los historiadores le ubiquen entre los héroes máximos, de ese episodio histórico.

Retrocediendo aún más en el tiempo, la historia oficial, pondera a Túpac Amaru, el principal protagonista de la sublevación indígena en el Virreinato del Perú, pero excluye a Túpac Katari un émulo del cacique peruano que en 1781, en la Intendencia de La Paz, dentro la jurisdicción del Virreinato del Río de la Plata, fue precursor y mártir por la libertad que antes de ser descuartizado y cortada su lengua, exclamó en aymara: “A mi me matan, pero volveré y seré millones”, también algo después sufrieron la condena hispana su esposa e hijos.

Hechos notables anteriores al 25 de Mayo, con significación reconocida para el Virreinato del Río de la Plata, como la insurgencia y la primera declaración de derechos de los criollos para liberarse del yugo español, reprimida sañuda y cruentamente en el Alto Perú, dentro de la jurisdicción rioplatense, merecen sólo uno o dos párrafos, sin que historia oficial reconozca a los valerosos protagonistas de acciones merecedoras de reconocimiento en proporción a sus bizarros actos.

Se hace referencia mínima a los esfuerzos de Don Martín de Álzaga que, con su connotada intervención en la Reconquista, ofrendó dinero propio y energía personal buscando liberar al Río de la Plata, al frente a la heroica participación de los españoles que apoyaban a los criollos.

Cunde incertidumbre cuando, por un lado, se juzga y condena a los dos traidores que liberaron al comandante de las fuerzas invasoras de Buenos Aires en 1806 y posteriormente, por otro lado, en 1814 Rodríguez Peña recibió el grado de teniente coronel de artillería, enviado a Río transmitió a Strangford detalles sobre la caída de Montevideo, algo más tarde fue nombrado administrador de la Aduana de Montevideo. En 1808 Padilla fue enviado a Londres, para colaborar a una vacilante tercera invasión inglesa al Río de la Plata; poco después de la Revolución de Mayo en 1810, por sugerencia de Nicolás Rodríguez Peña, la Primera Junta envió a Padilla a Río de Janeiro para entrevistarse con Percy Clinton Sydney Smythe, sexto vizconde de Strangford, que ejercía la embajada británica ante los reyes de Portugal, en ese país y en Brasil; y a comprar armas a los Estados Unidos. Pero, no tuvo éxito en ninguna de estas dos misiones. ¿Los dos criollos fueron traidores o patriotas?

Frente al descuido, pero con la esperanza que se siga desentrañando la historia previa y durante la Semana de Mayo, conviene recordar que la historia es la narración y exposición de sucesos pasados, acaecimientos y hechos políticos, sociales, económicos, culturales, de un pueblo, de una nación que son dignos de rememoración eterna.